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Madiba, por Samuel Rodríguez

Hace unos años, cuando vi Invictus en un cine de Valencia, sucedió algo surreal: más que en un cine viendo una película, parecía que estaba en un teatro viendo una obra. La audiencia aplaudía durante distintas escenas de la película y al final, una ovación de pie como cierre.

Hasta que vi esa película dirigida por Clint Eastwood sobre Nelson Mandela, mi conocimiento sobre la historia del líder sudafricano era muy limitado. La película me motivó a conocer más sobre su vida, por lo que leí su autobiografía y biografías autorizadas y no autorizadas, vi documentales, y escudriñé cuanto material de investigación conseguía sobre la vida y obra de Mandela.

Analizando buena parte de sus acciones desde sus últimos años en prisión hasta que culmina su presidencia, desde la perspectiva de la Influencia Estratégica (Negociación, Comunicación, Liderazgo y Persuasión), se puede concluir que Mandela diseñó un accionar para lograr sus objetivos – a pesar de las dificultades, riesgos, complicaciones – utilizando herramientas que le permitieron estratégicamente actuar en base a sus metas, sin desviarse en el camino. Obviamente, esto no fue fácil, pero no en vano, su autobiografía es titulada Un largo camino a la libertad.

Supo Mandela identificar los diferentes escenarios que requerían diferentes estrategias: cuándo liderar, cuándo negociar y cuándo persuadir.

Como líder, llevó a su gente, el 100% de los sudafricanos, a una mejor realidad de aceptación, reconocimiento, convivencia y respeto, cuando la mayoría pensaba en división, confrontación y hasta en guerra civil. Se conectó con las personas, convirtió a rivales en aliados, y pudo regular la conflictividad para convertirla en una motivación y no en un obstáculo. Eso lo hacen los líderes eficientes.

Como negociador, logró ser firme con los problemas y asuntos a resolver, pero suave con las personas con las que tenía que resolverlos. O como dice Gary Orren, Profesor de Persuasión en la Universidad de Harvard, supo cuando ser de acero, pero también cuando ser de terciopelo.

Supo además cuándo y cómo persuadir, entendiendo que los líderes eficientes, aun teniendo poder, prefieren convencer en vez de imponer, porque así los cambios y los procesos tienen más probabilidad de sustentabilidad en el largo plazo.

Y todo esto lo logró entendiendo la importancia de la comunicación eficiente como cohesionador de los procesos de influencia en las personas. Los grandes comunicadores son realmente aquellos que estratégicamente están conscientes de los mensajes que están enviando, y Mandela fue planificado en lo que sus acciones, palabras, y hasta omisiones decían, por lo que así podía controlar el impacto de los mensajes emitidos. Supo escuchar a sus aliados, pero también a sus adversarios, porque solo así podía conocerlos y entenderlos.

Mandela no fue perfecto como hombre, líder, negociador o comunicador. Nadie lo es. Pero su legado nos enseña que las acciones de las personas que desean influir en los demás, no dependen de los otros, ni de las circunstancias. Dependen de los objetivos, estrategias, proactividad y preparación de quienes quieren hacer que las cosas pasen, de quienes quieren lograr mejores procesos, de quienes quieren ser actores y no observadores.

El mundo le debe mucho a Madiba. Quizás aún no sepamos cuánto. Ojalá pronto lo identifiquemos y hagamos que su lucha, su acción y su legado nos sirvan de ejemplo para que cumplamos con nuestra cuota de responsabilidad.

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