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La comunicación es un milagro, parte II, por Alberto Suárez Ledo

Escuchar al otro es una fuente de poder. Así, durante las negociaciones, es recomendable pasar más tiempo escuchando que hablando, y si midiéramos el tiempo dedicado a escuchar versus el tiempo dedicado a hablar, la recomendación indica 70% escuchando y 30% hablando.

Existen varias razones por las cuales la escucha activa es un reto a menudo complicado de lograr:

El ser humano quiere hablar.

El ser humano tiene la tendencia a revelar información (guardar un secreto supone un esfuerzo consciente). Tenemos cosas que decir que lucen siempre muy importantes a la luz de nuestras propias necesidades.

Hablar puede estar vinculado al placer de oírse, nerviosismo, llenar un vacío incómodo, demostrar poder, inseguridad, etc. En este sentido, escuchar al otro supone un esfuerzo consciente. No interrumpir al otro, no contradecir, requiere la activación de controles adicionales.

Nuestro cerebro procesa información mientras el otro habla.

Encontramos con frecuencia que mientras el otro habla, generamos todo tipo de comentarios e ideas internamente, como si fuera un diálogo interno. Esto se ve más claro cuando existen puntos de vista distintos entre las personas. Una opinión emitida genera de inmediato una línea de pensamiento, un comentario, o un juicio en el que escucha.

Centrarse sólo en lo que el otro está diciendo, es primordial para extraer la mayor cantidad posible de información. Pero también requiere activar controles adicionales en el que escucha.

Hemos aprendido que el que habla tiene poder.

Control y poder caracterizan a quien habla, y eso se puede observar claramente en la forma en que los padres estimulan a los niños que dominan con precocidad el lenguaje hablado. No sucede lo mismo con los niños que dominan con precocidad la capacidad para escuchar activamente a los demás. No se refuerza con la misma intensidad. Por lo tanto, en la vida adulta, es necesario incorporar nuevos hábitos y controles adicionales si queremos escuchar a los demás.

La verdadera razón por la que se insiste en la necesidad de escuchar “de verdad” al otro, estriba en que es una fuente de poder. Pero para desarrollar esta habilidad es necesario cambiar hábitos, mantener foco en sus diálogos internos, y cambiar paradigmas aprendidos.

Quienes lo logran, adquieren poder: extraen más información y generan bienestar en los demás.

 

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