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Hacia el torso y hacia el rostro

Para transmitir sus mensajes contundentemente, el expositor tiene que sentirse seguro. No saber a ciencia cierta cómo actuar frente a la audiencia es la causa principal de la perturbadora sensación de inseguridad que ocurre en su mente, y que su cuerpo expresa incontroladamente, y de muy diferentes maneras.

La forma en la que el expositor actúa frente a una audiencia es el resultado de su preparación, la cual idealmente debe ocurrir en dos planos que se complementan para producir el resultado que el expositor busca: la preparación del fondo, por una parte, y del empaque en el que va a entregar esos contenidos, por la otra.

Desafortunadamente, no muchos se ocupan de la preparación de ese empaque con la misma intensidad y detalle con la que trabajan el contenido que desean comunicar. Para muchos, prepararse significa saber muy bien qué se quiere comunicar, conocer el contenido con precisión de relojero: lo que cuenta es qué decir.

Desde luego que qué decir cuenta, y mucho. Tanto cuenta que, en efecto, las audiencias asisten a las exposiciones con el claro propósito de obtener algo, de saber asuntos que no sabían, de salir del recinto con un conocimiento que no tenían, de enriquecer sus conocimientos sobre el tema que allí se trate.

Pero qué decir no es lo único que cuenta, porque para que ocurra lo que se ha mencionado en el párrafo anterior, es decir, para que el otro entienda, y entienda bien, el expositor debe preparar también, y con el mismo grado de intensidad y detalle, la forma en la que va a comunicar esos contenidos, el empaque en el que los envolverá.

De la misma forma en la que el expositor prepara sus contenidos antes de que ocurra la exposición, es necesario prepararse antes para saber, entre otras cosas, qué hacer con las manos y el resto del cuerpo (gerentes de todos los niveles y de todas las edades nos han preguntado ¡qué deben hacer con sus manos a la hora de una exposición!).

No saber qué hacer con las manos quiere decir no saber qué hacer con el cuerpo, y el cuerpo todo es un fabuloso instrumento, perfecto para transmitir nuestros contenidos y persuadir a las audiencias, proceso que tiene que ocurrir para que el ciclo de la comunicación se pueda completar.

Cuando se nos pregunta qué se debe hacer con las manos nuestra respuesta es para muchos desconcertante: Con las manos no hay que hacer nada. Como en todas las esferas de nuestra vida, las manos saben lo que tienen que hacer y escuchan solamente las órdenes que provienen de las emociones del expositor.

Dirija expositor todas sus emociones hacia los integrantes de su audiencia. Cuando es así, las manos le seguirán con armonía, e intervendrán oportunamente para enriquecer la calidad de la comunicación, para agregar valor a los contenidos, y para centrar la atención de la audiencia en el espacio visual que más conviene al expositor: su torso y su rostro.

Álvaro Benavides La Grecca.

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