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La comunicación como apaga fuegos

Una vez andado, probablemente nos demos cuenta de que el camino no terminó siendo una línea recta. Sin embargo, hay que trazarlo de esa forma y saber que siempre habrá que volver a él. El punto de partida será la situación objetiva que se esté viviendo en el momento, y el de llegada, aquella condición en la queremos estar en un tiempo dado y preestablecido. Entre esos dos momentos hay una compleja tarea que adelantar, aún cuando haya contramarchas.

En la arena de la gestión política suele ocurrir que, a la hora de llevar a cabo un proyecto, no se considera suficientemente la necesidad de establecer, de manera concurrente, un programa de comunicación que facilite el logro de los objetivos que un individuo -o un colectivo- se ha propuesto alcanzar, porque todo plan tiene sus propósitos: “Para lograr tal cosa, tendré que hacer estas cosas, con tales recursos, y en tanto tiempo.”

El asunto está en que cualquier proyecto político debe considerar que su desarrollo va a ocurrir en un entorno diverso, con muchos actores, en el que existen intereses antagónicos, diferencias culturales que a veces son gigantescas, distintas expectativas sociales, mitos, percepciones, posiciones. Todo ese conjunto se conforma en un terreno que nunca es totalmente plano, de tierras poco fértiles para la siembra que dificultan la cosecha.

En todo proyecto se fijan metas, y se establecen planes para dar con ellas. Imposible concebir un plan que no considere minuciosamente, por ejemplo, una estrategia financiera que garantice su ejecución, cumpla con sus obligaciones y asegure las inversiones que hay que hacer para llevarlo al puerto. Esas acciones lo que dicen, sin necesidad de tener que expresarlo verbalmente, es que los aspectos financieros son vitales para el desarrollo de cualquier proyecto.

Un asunto que sí se verbaliza muy claramente, sin embargo, es que la comunicación juega un papel fundamental en el logro de cualquier proyecto, y que “la buena comunicación es indispensable”. No obstante esa declaración, paradójicamente, es poco lo que en verdad se hace para que, en efecto, la comunicación, en primer lugar, sea realmente buena, y luego, para que se maneje con la misma rigurosidad y exigencias que se observa en otras esferas de los proyectos políticos. En los hechos, se demuestra que muchas veces ese reconocimiento de importancia es tan sólo un ritual.

Desafortunadamente, es común que se acuda al uso de la comunicación cuando el proyecto político se topa con situaciones críticas. En esos casos se invoca a la comunicación para apagar los fuegos que un proyecto de trabajo adecuado y oportuno para esa área, concebido aguas arriba, hubiese podido evitar que se encendieran.

Somos de la opinión de que todo proyecto político debe estar acompañado de un plan estratégico de comunicaciones que lo acompañe. De otra manera será muy difícil hacer posible la consecución de los propósitos políticos propuestos.

Álvaro Benavides La Grecca.

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